La preeclampsia es una de las complicaciones del embarazo que más preocupación genera entre las futuras madres, y con razón: se trata de un trastorno que puede afectar tanto a la salud de la mujer como al desarrollo del bebé. La buena noticia es que, cuando se detecta a tiempo y se controla adecuadamente, la mayoría de los embarazos con preeclampsia llegan a buen término. En este artículo te explicamos, con un lenguaje claro y cercano, qué es exactamente la preeclampsia, por qué aparece, cómo reconocer sus señales de alarma, de qué manera se diagnostica y se trata, y qué puedes hacer para reducir el riesgo. La información que encontrarás aquí es de carácter divulgativo y nunca sustituye el criterio de tu matrona o de tu ginecólogo.
Tabla de Contenido
¿Qué es la preeclampsia?
La preeclampsia es un trastorno propio del embarazo que se caracteriza por la aparición de hipertensión arterial (tensión alta) a partir de la semana 20 de gestación en una mujer que antes tenía la tensión normal, acompañada de signos de que algún órgano no está funcionando bien. El más conocido de esos signos es la presencia de proteínas en la orina (proteinuria), pero hoy se sabe que la preeclampsia también puede manifestarse sin proteinuria si hay afectación del hígado, de los riñones, de la sangre, del sistema nervioso o de la placenta.
En el fondo, la preeclampsia es un problema de la placenta. La placenta es el órgano que conecta a la madre con el bebé y que se encarga de transportar oxígeno y nutrientes. Cuando los vasos sanguíneos que alimentan la placenta no se desarrollan correctamente al inicio del embarazo, la placenta recibe menos sangre de la que necesita y libera al torrente sanguíneo de la madre una serie de sustancias que dañan el revestimiento de sus arterias. El resultado es la subida de tensión y la afectación progresiva de distintos órganos. Por eso se dice que el único tratamiento que cura definitivamente la preeclampsia es el nacimiento del bebé y la salida de la placenta.
La preeclampsia afecta aproximadamente a entre el 2 y el 8 % de los embarazos, lo que la convierte en una complicación relativamente frecuente. Conviene distinguir varios términos relacionados que escucharás en la consulta:
- Hipertensión gestacional: tensión alta que aparece después de la semana 20 pero sin afectación de otros órganos. Una parte de estos casos evoluciona a preeclampsia.
- Preeclampsia: hipertensión más afectación de algún órgano (proteinuria u otros signos).
- Preeclampsia con criterios de gravedad: cuando la tensión es muy elevada o aparecen complicaciones serias.
- Eclampsia: la forma más grave, en la que la mujer sufre convulsiones.
- Síndrome HELLP: una variante grave que combina destrucción de glóbulos rojos, alteración del hígado y descenso de las plaquetas.
Causas y factores de riesgo
No existe una única causa que explique por qué una mujer concreta desarrolla preeclampsia. Se trata de un proceso complejo en el que intervienen la formación anómala de la placenta, factores inmunológicos, genéticos y vasculares. Lo que sí conocemos bien son los factores de riesgo, es decir, las circunstancias que aumentan la probabilidad de padecerla. Identificarlos es fundamental, porque permite ofrecer un seguimiento más estrecho y medidas preventivas a las mujeres más expuestas.
Factores de riesgo elevado
- Haber tenido preeclampsia en un embarazo anterior, sobre todo si fue grave o de aparición temprana.
- Hipertensión arterial crónica previa al embarazo.
- Enfermedad renal crónica.
- Diabetes tipo 1 o tipo 2 previa a la gestación.
- Enfermedades autoinmunes como el lupus o el síndrome antifosfolípido.
Factores de riesgo moderado
- Primer embarazo (es la primera vez que el cuerpo se enfrenta a una placenta).
- Edad materna de 40 años o más.
- Intervalo de más de diez años desde el embarazo anterior.
- Índice de masa corporal de 35 o superior al inicio del embarazo.
- Antecedentes familiares de preeclampsia (madre o hermana que la padecieron).
- Embarazo múltiple, de gemelos o más bebés.
- Embarazo conseguido mediante técnicas de reproducción asistida.
Tener uno o varios de estos factores no significa que vayas a desarrollar preeclampsia, igual que su ausencia no la descarta por completo. Son simplemente una herramienta que ayuda al equipo médico a decidir la intensidad del seguimiento y si conviene iniciar tratamiento preventivo. Por eso es tan importante que en la primera visita del embarazo compartas con la matrona toda tu historia médica y familiar.
Síntomas y señales de alarma
Uno de los aspectos más delicados de la preeclampsia es que, en sus fases iniciales, suele ser silenciosa: muchas mujeres se sienten perfectamente bien aunque la tensión ya esté subiendo. De ahí la enorme importancia de los controles prenatales, donde se mide la tensión y se analiza la orina de forma rutinaria. Sin embargo, cuando la enfermedad progresa, pueden aparecer síntomas que toda embarazada debe conocer para actuar con rapidez.
Acude a urgencias o contacta de inmediato con tu equipo de maternidad si notas alguna de estas señales de alarma:
- Dolor de cabeza intenso y persistente que no mejora con el reposo ni con el paracetamol.
- Alteraciones de la visión: visión borrosa, luces o destellos, puntos brillantes o pérdida momentánea de visión.
- Dolor en la parte alta del abdomen, normalmente debajo de las costillas del lado derecho, o en la "boca del estómago".
- Hinchazón brusca de la cara, las manos o los pies, especialmente si aparece de forma repentina.
- Aumento de peso muy rápido en pocos días, por retención de líquidos.
- Náuseas o vómitos que aparecen en la segunda mitad del embarazo.
- Sensación de malestar general, como si te estuvieras poniendo enferma de repente.
- Disminución de los movimientos del bebé.
Es importante recordar que cierto grado de hinchazón en los tobillos y los pies es completamente normal en el embarazo, sobre todo al final del día y en los meses de calor. Lo que debe alertarte es una hinchazón que aparece de golpe, que afecta también a la cara y a las manos, o que se acompaña de cualquiera de los otros síntomas de la lista. Ante la duda, siempre es preferible consultar: una medición de tensión y un análisis sencillo permiten salir de dudas en pocos minutos.
Diagnóstico y seguimiento
El diagnóstico de la preeclampsia se apoya en pruebas sencillas que forman parte del seguimiento habitual del embarazo. La detección precoz es la mejor herramienta de la que disponemos, y por eso no conviene saltarse ninguna cita prenatal.
Pruebas que se utilizan
- Medición de la tensión arterial: se considera elevada a partir de 140/90 mmHg. El diagnóstico requiere confirmar la cifra en dos tomas separadas, con la mujer en reposo y con un manguito de tamaño adecuado.
- Análisis de orina: detecta la presencia de proteínas. Puede hacerse con una tira reactiva en la consulta o con una recogida de orina más precisa en el laboratorio.
- Análisis de sangre: valoran la función del hígado y de los riñones, el recuento de plaquetas y otros parámetros que ayudan a saber si hay afectación de órganos.
- Ecografía y Doppler: permiten comprobar el crecimiento del bebé, la cantidad de líquido amniótico y el flujo de sangre en la placenta y el cordón.
- Monitorización fetal: registra la frecuencia cardíaca del bebé para confirmar su bienestar.
En muchos centros, durante el primer trimestre se realiza además un cribado de preeclampsia que combina la edad y los antecedentes de la madre, la tensión arterial, una analítica específica y el Doppler de las arterias uterinas. Este cribado calcula el riesgo individual de cada mujer y, cuando ese riesgo es alto, permite iniciar medidas preventivas antes de que aparezca cualquier problema.
Una vez diagnosticada la preeclampsia, el seguimiento se intensifica. Según la gravedad, el equipo médico puede pedir controles más frecuentes de tensión y analíticas, ecografías seriadas e incluso un ingreso hospitalario para vigilar de cerca a la madre y al bebé. El objetivo siempre es el mismo: prolongar el embarazo todo lo posible para favorecer la madurez del bebé, sin poner en riesgo la salud de la madre.
Tratamiento de la preeclampsia
El tratamiento de la preeclampsia se decide de forma individual y depende de la gravedad del cuadro, de las semanas de embarazo y del estado del bebé. Conviene tener claro un principio básico: el tratamiento definitivo es el parto, ya que la enfermedad desaparece al expulsar la placenta. Sin embargo, cuando el bebé es todavía muy prematuro, el equipo médico intenta ganar tiempo de forma segura para que pueda madurar un poco más.
Las medidas que se emplean con más frecuencia son:
- Fármacos para bajar la tensión: medicamentos antihipertensivos seguros en el embarazo que evitan que la tensión alcance cifras peligrosas. Su uso debe ser siempre indicado y supervisado por el médico.
- Sulfato de magnesio: se administra en los casos graves para prevenir las convulsiones de la eclampsia y proteger el cerebro del bebé.
- Corticoides: si se prevé un parto prematuro, ayudan a acelerar la maduración de los pulmones del bebé.
- Control estrecho: ingreso hospitalario en los casos más serios, con vigilancia continua de la madre y la monitorización del bebé.
- Programación del parto: según el momento del embarazo y la evolución, el nacimiento puede adelantarse mediante inducción o cesárea.
El reposo en cama, que durante años se recomendaba de forma sistemática, ya no se aconseja como tratamiento, porque no ha demostrado beneficios claros y puede aumentar el riesgo de otras complicaciones. Lo más adecuado es seguir las indicaciones concretas del equipo que te atiende, que adaptará las recomendaciones a tu situación particular. Nunca se debe interrumpir ni modificar la medicación por cuenta propia.
Efectos en la madre y el bebé
Cuando la preeclampsia se controla bien, la mayoría de las mujeres y de los bebés evolucionan favorablemente. No obstante, si no se detecta o no se trata a tiempo, puede dar lugar a complicaciones importantes que conviene conocer para entender por qué los controles son tan necesarios.
En la madre
La preeclampsia grave puede afectar al hígado, a los riñones, al sistema de coagulación y al cerebro. Entre las complicaciones más serias se encuentran la eclampsia (convulsiones), el síndrome HELLP, el desprendimiento de la placenta y la afectación de la función renal. Además, las mujeres que han tenido preeclampsia presentan a lo largo de su vida un mayor riesgo de desarrollar hipertensión y enfermedad cardiovascular, por lo que es aconsejable mantener controles de salud y hábitos cardiosaludables después del embarazo.
En el bebé
Como la placenta recibe menos sangre, el bebé puede crecer más despacio de lo esperado, una situación que se conoce como restricción del crecimiento. También es frecuente que la preeclampsia obligue a adelantar el parto, con lo que el bebé nace prematuro y puede necesitar un ingreso en la unidad neonatal. La vigilancia mediante ecografías y monitorización busca precisamente anticiparse a estas situaciones y elegir el mejor momento para el nacimiento.
Es importante transmitir un mensaje de tranquilidad: la inmensa mayoría de los embarazos con preeclampsia, gracias a un buen seguimiento, terminan con una madre y un bebé sanos. El periodo de mayor atención se prolonga durante los primeros días después del parto, ya que la tensión puede tardar algunas semanas en normalizarse y, en algunos casos, la preeclampsia incluso aparece en el posparto.
Cómo prevenir la preeclampsia
No siempre es posible evitar la preeclampsia, porque depende en gran medida de cómo se forma la placenta en las primeras semanas. Sin embargo, sí existen medidas que reducen el riesgo, especialmente en las mujeres con factores de riesgo. Estas son las recomendaciones con mayor respaldo:
- Ácido acetilsalicílico a dosis baja: en las mujeres con riesgo elevado, el médico puede prescribir una dosis baja de aspirina, normalmente iniciada antes de la semana 16 y mantenida hasta el final del embarazo. Es una de las medidas preventivas más eficaces, pero debe indicarla siempre un profesional.
- Suplementos de calcio: en mujeres con una ingesta baja de calcio en la dieta, los suplementos pueden disminuir el riesgo.
- Acudir a todas las visitas prenatales: no previenen la enfermedad, pero permiten detectarla en fases muy precoces, cuando el control es más sencillo.
- Cuidar el peso antes y durante el embarazo: mantener un peso saludable y una ganancia ponderal adecuada ayuda a reducir el riesgo.
- Controlar las enfermedades previas: tener bien tratada la hipertensión, la diabetes o las enfermedades renales antes de buscar el embarazo es muy importante.
- Llevar una vida saludable: una alimentación equilibrada, actividad física moderada adaptada al embarazo y evitar el tabaco y el alcohol benefician la salud general de la madre y del bebé.
Si estás planeando quedarte embarazada y has tenido preeclampsia anteriormente o presentas factores de riesgo, una consulta preconcepcional con tu ginecólogo es una excelente idea. Permite revisar tu salud, ajustar la medicación si es necesario y planificar el seguimiento del próximo embarazo desde el primer momento.
Conclusión
La preeclampsia es una complicación seria, pero también muy estudiada y, sobre todo, vigilable. Comprender qué es, conocer los factores de riesgo, identificar las señales de alarma y entender la importancia de los controles prenatales convierte a la futura madre y a quienes la acompañan en aliados activos de su propio embarazo. Si algo de lo que has leído te preocupa o te genera dudas, no te quedes con la incertidumbre: habla con tu matrona o tu ginecólogo, que conocen tu caso y son las personas indicadas para orientarte. La información te da tranquilidad, y la tranquilidad es una de las mejores compañeras en esta hermosa aventura de convertirse en madre o padre.
¿Has vivido de cerca un embarazo con preeclampsia? Te invitamos a compartir tu experiencia en los comentarios y a formar parte de nuestra comunidad de familias que aprenden y se acompañan en el camino de la maternidad y la paternidad.
